El árabe, lengua de laboratorio

La traducción científico-técnica entre el español y el árabe se encalla fundamentalmente en el dilema que presenta la elección de la terminología apropiada. Generalmente, la terminología específica del texto no raya en el exabrupto imprevisible y el sentido común puede fácilmente reconducir al lector a los cauces de significación buscados, sin necesidad de empaparse la sien en sudores fríos. Sin embargo, se trata ésta de una problemática de difícil solución para la combinación lingüística que nos ocupa, en concreto para textos de vitola científico-técnica. El traductor se halla, cuando trabaja con términos de uso específico que han adquirido dicho rango en la era positivista y con todos aquellos que secundan una filosofía de bagaje no semítico, ante la dicotomía de expresar el concepto con un calco (que no induce a error) o por derivación etimológica (توليد اشتقاقي) acorde a las reglas de formación terminológica árabe, véase, por analogía (قياس). El método predilecto por las Academias e Instituciones de Lengua Árabe en el mundo árabe es siempre el que evita los elementos foráneos e intrusos al sistema cerrado (semítico y trilítero) de la lengua árabe, que se retroalimenta incesantemente en la convicción de haber sido concebida entera y autosuficiente. Se la considera capaz de hacer frente a la congestión creada, en primer lugar, por todos los deslucidos retales de significación que abandona la comunidad de hablantes por desfasados, que, no obstante, han de preservar su designación por mor a dejar constancia del pasado y poder volver a ser referidos en un arranque de nostalgia que fecunde un progreso en armonía con lo que se ha dejado atrás; y, en segundo lugar, por todos esos nódulos de conocimiento, refulgentes en sus embalajes aún extranjeros, que prometen acercar, a través de su arabización y domesticación, los intangibles prodigios anonadantes del futuro que precisan del sacrificio en univocidad referencial del antaño santo y seña de la quincalla de justas preislámicas para abonar nuevo material de significación, uno que anexe al usuario las necesidades comunicativas a las que le reta el mundo de anuncio. 


La vaguedad referencial y la extensión semántica son recursos muy útiles y lingüísticamente económicos para la captación de nuevas realidades. Sin embargo, uno de sus factores constituyentes e imprescindibles es el desgaste de los términos por el uso a lo largo del tiempo. Es decir, a pesar de que etimológicamente tanto canino, como perruno, como cínico devengan de perro, cada una de las actuales acepciones de estas palabras difiere de las otras por la trayectoria que ha seguido su evolución. La acuciante necesidad de adaptación a los tiempos modernos con una lengua funcional y eficiente que ha impulsado a los hablantes del árabe a implantar en su lengua los moldes (como   المصدر الصناعي) que le puedan imprimir el rigor científico-técnico del que le había privado su exclusión de los círculos de investigación científica durante tantos siglos (desde la invasión selyúcida de Bagdad), ha impelido a los lingüistas a buscar vías de creación terminológica a un ritmo frenético, eludiendo la dinámica habitual que necesita una lengua para encontrar aceptación entre sus hablantes y poder afianzar los cambios que va incubando, y auspiciar el tecnicismo que arbitra relaciones fuera del alcance de la gran mayoría de los hablantes en consonancia con ligeras licencias a la inventiva de la población que enroma y empasta de chabacanería burlesca esas manifestaciones del lenguaje que les excluyen de poder domeñar una herramienta que en principio debería rendirse a sus mundanos menesteres expresivos. Así, en una suerte de solución de compromiso, la lengua y sus hablantes se juran fidelidad, comulgando con las felonías del contrario con la venia que propician veleidosas alcahuetas como el registro y el estilo. 


El árabe prescinde, empero, de cultivar fidelidades. No queriéndole atribuir a los invasores colonialistas que aglutina entorno a los occidentales ningún mérito de invención terminológica, soslaya su terminología, desgajando así los términos de nuevo cuño de su procedencia y su trayectoria lingüísitica previa. Tampoco concede a sus hablantes la opción de paladeo que pudiera desembocar en una preferencia (entre otras), con lo que se constituye, efectivamente, ideal, atemporal, desmembrada de su brazo ejecutor, sin posibilidad de atestiguar ninguna realidad rastreable diacrónicamente, incapaz de enlazar la caravana de camellos con la locomotora a vapor sin decapitar en la alusión de una a la otra. Esto conforma un obstáculo para los hablantes del árabe que se encuentran paralizados en la contradictoria disyuntiva entre, por un lado, tener que renunciar a su identidad pasada para convocar las nuevas posibilidades de significación y procrear un futuro con fastuoso alumbramiento pero sin válvulas de escape para despedirse paulatinamente de un esplendor a la antigua usanza, aunque truncado; y, por el otro, tener que adoptar terminología extranjera, traicionar el todo-árabe, para deslizarse por el túnel del tiempo hacia las fauces que le autoricen un nacimiento con complicidades humanas, mediante la liquidación de la factura que le tiende la modernidad por la fractura, tras siglos de tinieblas y anonimato, que les supone tener que remontarse de golpe con una comunidad de hablantes afásicos a remolque. Asumir la imposibilidad de su autoabastecimiento y abdicar de la divinidad lingüística para cederle la lengua a la tergiversación que procura el uso es la intransferible elección que ha de tomar el pueblo o los pueblos árabes para, a la postre, conservar las aristas y precisión de los términos que puedan volver a significar en la metáfora (es decir, citando dos realidades diferenciadas en un mismo evento, con una misma palabra, para contrastarlas, antes de que el término haya perdido su asociación con una realidad concreta y, en su lealtad impertérrita a todas las generaciones, todas las comunidades estrática, regional, y confesionalmente indiscriminadas, lije todo asidero emocional de la palabra que puede edulcorar la desabrida certeza del dominio específico con el cortejo de las pasiones inconfesas que custodia en su cariz reminiscente). Una vez seccionada su dependencia del contexto puede el término abandonar el soporte de la roca para desbrozar su carácter de lengua epigráfica en las concesiones que exige ser una lengua de cultura y avance. 


La Wikipedia, como representativo caudal de la sabiduría compartida por una porción nada desdeñable de hablantes de cualquier lengua, nos devuelve este planteamiento en su insistente afán por reflejar junto al término científico-técnico elegido con puritanismo lingüístico árabe su correlativo en la lengua de procedencia, para poder situarlo y enmarcarlo con seguridad. El problema del traductor hispano-hablante, en este caso, radica en que difícilmente puede disputarle al hablante árabe la potestad para decretar sobre esta elección terminológica, que, en definitiva, es una elección identitaria.