La vieja de las castañas

¡Ya lo tenía! ¡Por fin! Sus nanas. Había reunido todos los fragmentos del legado lingüístico que su madre había dejado garabateado en papel: Recetas de cocina con la mitad de los ingredientes procedentes de plantas y animales extintos, y ya tan sólo análogas a conjuros de nigromante cicatero en el exterior; listas de tareas a las que antaño había dedicado todo el día, todas ellas ejecutables ahora con maquinaria; técnicas para la conservación de alimentos y enseres, suplidas por la eficiencia de electrodomésticos; cartas a los parientes de amigos que habían ido falleciendo, enumerando virtudes en fórmulas de cortesía arcaicas y anquilosadas, embalsamadas a largas retahílas que repasan genealogías enteras, cuyos destinatarios hacía ya tiempo también habían pasado a mejor vida. Definitivamente, esta traducción tenía que poder cautivar al mundo y nada de la antología anterior prometía cual elegía benemérita. Habían transcurrido dos semanas desde la muerte de su madre cuando llegaron los académicos. Llevaban ropa que desentonaba con su persuasivo uso de un lenguaje muy arremangado. Lo que decían parecía tan sensato que un ligero deje capcioso se enredaba en sus crespas barbas tiñendo su sonrisa de impaciente y burlona. Le pidieron traducirlo todo. Pero todo no hubiera sabido honrar la memoria histórica de un pueblo de ojos húmedos y temperamento huracanado. Heredera de una madre con una lengua muerta. Deudora de todo ese conocimiento que con su silencio quedaría apelmazado bajo tierra, lacre que sella los labios de su madre, lacra que la atraviesa por dentro desde el ombligo un poco más a cada lapsus lingue. No, debía proceder con tiento para volver a vertebrar el cadáver como novia elegante y recatada que mostrara sus encantos sin desvelar las costuras. Tardó otras dos semanas en sopesar la propuesta para acabar accediendo. Sólo le quedaba elegir el extracto que ofrendar para el descubrimiento de esa fronda ignota de lianas preposicionales con anacolutos quiméricos, ese piscolabis de segmentos oracionales cortados en témpanos glaciales, de cacofonías monocordes para un tímpano ordinario. Así que se decantó por el principio. Pensó en escribirlo a ordenador, pero prefirió empezar por una aproximación más palpable, que a través de la absorción de los olores le absolviera a ella de parte de culpa por no poder hallar siempre a través de la perífrasis el método para el vertido del recuerdo camuflado. Y apoyó el bisturí de color sobre el blanco.

 

Duerme, duerme, ópalo de fuego,

que tu …

 

Mabela. Dejó el boli a un lado. Pensó en calcar el término, pero era como dejar que la fonética cayera como una losa sobre su candorosa inocencia. Pensó en buscar un correlativo evocador de una noción similar. Traslación semiótica: vieja de las castañas. Era demasiado largo y no contagiaba la nostalgia de las arrugas del rostro cansado, la laboriosidad de las manos callosas, la melancolía del atuendo negro, el calor reconfortante del tacto del cucurucho de papel, el crujir de la cáscara al pelar las castañas y la suave nota amarga del sabor que te sacude el frío otoñal, con la misma intensidad con la que mabela transmitía volver a flotar en el líquido amniótico. No podía armonizar las restricciones de la cantidad silábica, de la rima y del verso con la alusión a esa complicidad entre madre e hija en la que todo el resto de los paletos terráqueos quedan excluidos del bautismo del ente.

Y ella se fue. Su madre intentó retenerla pero ella se largó. Antes de poder ver el lienzo acabado. Antes de que los objetos se desabrocharan el cinturón de designación consensuada y se desplazaran para atenazarse los unos a los otros. Antes de que el amor, el sexo y el desengaño cobraran sentido pleno. Y ahora jamás sabrá cómo se dice exactamente cuando se muere una madre y hay un nudo en la garganta que no te permite llorar. Ni aquí, ni allí, un istmo entre dos mares, sin poder zambullirse en ninguno porque jamás podrá abarcar el conocimiento de las corrientes de ambos como para bañarse desnuda y confiada en sus aguas. Dos cuadrículas de diferente tamaño que le requieren siempre un instante de más para dar con la palabra que se encuadra en el contexto. Dos herramientas de filo romo. Una para admirar a las viejas de las castañas y otra para insultar a esa traidora que no le advirtió con tiempo suficiente de que mabela moriría con ella. Se apartó de la mesa y se enjugó una lágrima que había conseguido zafarse de las palabras. Y lloró, de pronto, incontinentemente. Después, cogió el boli y escribió:

 

Duerme, duerme, negrita,

que tu mama está en el campo, negrita.

 

Por que al fin y al cabo, no era más que una nana.